En el mayor desierto de sal del mundo

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¡Qué país, señoras y señores! ¡Qué pena que su alargada inestabilidad política -comenzada mucho antes de la llegada de Evo al poder- no le permita despegar turísiticamente! Bolivia lo tiene todo. Concentra entre sus históricamente maltrechas fronteras las mayores biodiversidades del mundo. No sólo naturales, también humanas.

El pasado jueves partí de la casi selvática Santa Cruz hacia la eterna primavera de Cochabamba para montarme en un Super DC-3 de 1952 para volar a Uyuni y aterrizar sobre tierra y al lado de una terminal más pequeña que mi cuarto hecha con bloques de sal. Uyuni es la ciudad que da nombre al cercano desierto de sal, el más grande del mundo con más de 12.000 km cuadrados, a una altura de 3.650 metros y que también alberga un inaudito cementerio de trenes. Las primeras horas al llegar pude sentir sobre mí el poderoso efecto del ‘soroche‘, que curé masticando hoja de coca.

Después proseguimos hasta el domingo un tour por los andes, por caminos destroza 4×4, guardando para siempre en mi retina imágenes imposibles como colonias de cientos de miles de flamencos viviendo en lagunas rojas a más de 4.000 metros de altura o agujeros en el suelo hirviendo azufre a casi 5.000. Más adelante espero hacer un largo reportaje de todo ello, porque de verdad que lo merece.

Ahora me preparo para volar mañana a Sucre en compañía de Nuria, Rosa JC y Sebastián. El sábado, si no hay Estado de Sitio, a La Paz y de ahí a Cuzco, a ver el Machu Picchu.

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(Laguna Rosada, Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa)
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